"Toda sociedad es un sistema de interpretación del mundo (...) Su propia identidad no es otra cosa que ese "sistema de interpretación", ese mundo que ella crea. Y esa es la razón por la cual la sociedad percibe como un peligro mortal todo ataque contra ese sistema de interpretación; lo persigue como un ataque contra su identidad, contra sí misma"

Cornelius Castoriadis
Los dominios del hombre. Barcelona: Gedida, 1988


viernes 29 de mayo de 2009

La gremial

por Lucía Fasciglione

Combat de coqs, por Guy Salesse


“¡Ni un compañero más bajo la línea de pobreza!”, es la declaración contundente de los envejecidos calcos, pegados en el espejo del ascensor del edificio de Pasco 255, sede de la Conadu disidente.

“La gremial”, como se la llama usualmente, no es una gremial sino una Federación que reúne varias agrupaciones de docentes universitarios de todo el país. A pesar de que aún no había tenido el agrado de visitar un sindicato, sí tenía una imagen mental que se asemejaba bastante a los comités partidarios de barrio (a saber, zona sur del Gran Buenos Aires) donde siempre hay una mesa con un póster del candidato de turno pegado en el borde de la mesa, haciendo de cortinado para las piernas regordetas del repartidor de plataformas electorales. Lugares feos, con baldosas de patio y paredes descascaradas, los comités barriales que recordaba nada tenían que ver con la sede de la Conadu, donde para mi desencanto (ansiaba la confirmación de mi teoría), no me encontré con ningún gordito charlatán, ni paredes sucias. En su lugar había un trajeado de cuidados modales que me invitó a sentarme en una silla giratoria, mullida. Las paredes recién pintadas, de dos colores afines. Abundaban los monitores LCD -no estoy exagerando- y los defensores del Software libre. El lugar estaba prácticamente vacío, para mi sorpresa, había sólo un par de “compañeros” (yo también fui rápidamente reconocida como “compañera”) que muy tranquilamente cumplían el horario de trabajo.

Pretendía hacerle algunas preguntas sobre el primer paro del año, que había convocado la gremial, a Walter Barboza. Walter es el director de prensa de Conadu, o algo así. Reproduzo el diálogo.

Walter: Vos serías el secretario de prensa y yo el director, ¿no?

Compañero: Sí, supongo que sí…

Walter: (a mí) Bueno, entonces poné que soy el director de prensa.

La Conadu es una federación relativamente nueva (fue fundada en el año 1995) que se separó de la Conadu Histórica porque no coincidían con su postura intransigente. La Conadu Histórica, en general, exige que sean respetados los reclamos tal como fueron planteados al comenzar la protesta y la Conadu disidente “prefiere acomodarse a la realidad que vive el país”, dice Walter. Por eso son los que suelen cerrar el trato primero. Desde que están ellos, dice Walter, todo cambió: “Nosotros logramos que todo lo que estaba en negro pase al sueldo básico”, alega orgulloso. Y sigue: “La Conadu Histórica, siempre hace retranca y nunca llega a nada con esos planteos trotskos”.

Esta pelea sí tiene alma de comité.

Yéndome, de nuevo los calcos añejos, medio arrancados, que prometen no dejar que ningún docente pase hambre. Rememoré varias cosas: un router para Wi-Fi, al director de prensa diciéndome por lo bajo que me dedique a la docencia que iba a ganar más que como periodista, las paredes pintadas en composé, de nuevo el director de prensa, esta vez diciéndome que no son obreros que viven de un sueldo paupérrimo como para pedir un aumento fijo. Y entonces salí confundida y preguntándome por qué no despegan de una buena vez las calcomanías del espejo del ascensor.

viernes 22 de mayo de 2009

Autonomía individual, autonomía social

Entrevista a Cornelius Castoriadis (1992)



Emitido por Canal Encuentro el 6 de mayo de 2009, como parte del ciclo Grandes Pensadores del Siglo XX, presentado por Ricardo Forster.

jueves 7 de mayo de 2009

Somos seres discontinuos

por Georges Bataille

(...) Los seres que se reproducen son distintos unos de otros, y los seres reproducidos son tan distintos entre sí como de aquellos de los que proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace, sólo el muere. Entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad.
Este abismo se sitúa, por ejemplo, entre ustedes que me escuchan y yo que les hablo. Intentamos comunicarnos, pero entre nosotros ninguna comunicación podrá suprimir una diferencia primera. Si ustedes se mueren, no seré yo quien muera. Somos, ustedes y yo, seres discontinuos.
Pero no puedo evocar este abismo que nos separa sin experimentar de inmediato el sentimiento de haber dicho una mentira. Esa abismo es profundo; no veo qué medio existiría para suprimirlo. Lo único que podemos hacer es sentir en común el vértigo del abismo. Puede fascinarnos. Ese abismo es, en cierto sentido, la muerte, y la muerte es vertiginosa, es fascinante.
Intentaré demostrar ahora que para nosotros, que somos seres discontinuos, la muerte tiene el sentido de la continuidad del ser. La reproducción encamina hacia la discontinuidad de los seres, pero pone en juego su continuidad; lo que quiere decir que está íntimamente ligada a la muerte. Precisamente, cuando hable de la reproducción de los seres y de la muerte, me esforzaré en mostrar lo idénticas que son la continuidad de los seres y la muerte. Una y otra son igualmente fascinantes, y su fascinación domina al erotismo.
(...) En la base, hay pasajes de lo continuo a lo discontinuo o de lo discontinuo a lo continuo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible: pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida. Nos resulta difícil soportar la situación que nos deja clavados en una individualidad fruto del azar, en la individualidad perecedera que somos. A la vez que tenemos un deseo angustioso de que dure para siempre eso que es perecedero, nos obsesiona la continuidad primera, aquella que nos vincula al ser de un modo general.
(...) Sufrimos nuestro aislamiento en la individualidad discontinua. La pasión nos repite sin cesar: si poseyeras al ser amado, ese corazón que la soledad oprime formaría un solo corazón con el ser amado. Ahora bien, esta promesa es ilusoria, al menos en parte. Pero en la pasión, la imagen de esta fusión toma cuerpo con una intensidad loca.


Fuente: Bataille, G.: El erotismo. Buenos Aires: Tusquets, 2009, pp 16-25
Imagen: El coloso (1810?), de Francisco de Goya.