Invocación - La apariencia de Satán - El encuentro - Satanismo y feminismo - Dar el alma
sábado 28 de marzo de 2009
Pactos diabólicos
Invocación - La apariencia de Satán - El encuentro - Satanismo y feminismo - Dar el alma
viernes 20 de marzo de 2009
Del latín "merĭtum"
Los comentarios más frecuentes alrededor de la figura de Cumbio giran en torno a su supuesta "falta de méritos". ¿A qué se dedica? ¿Qué sabe hacer? ¿Los floggers tienen una ideología? Las referencias a su fealdad van en el mismo sentido. No es un agravio injustificado, sino un vacío que quienes realizan estos planteos desean llenar. Si fuera "linda", no habría discusión, ya que la belleza física suele considerarse una forma de mérito.Hace unos días, el New York Times dedicó una nota a nuestra Agustina Vivero, a.k.a. Cumbio, cuyo espacio en Fotolog recibe, dicen, unas treinta mil visitas diarias. A partir de comentarios de amigos y colegas detecto una ficción sostenida por los medios "tradicionales" que es necesario desmontar: la radio, la tv, los diarios no son, digámoslo de una vez, meritocracias.
Aquel que considere "lamentable", "injustificada" la aparición de Cumbio en el diario neoyorquino, sobreestima al resto de los retratados en ese periódico. Casi ningún personaje de los medios -hablemos ahora a nivel local- soportaría las preguntas "¿Qué mérito tiene?", "¿Qué sabe hacer?", "¿Qué propone?", planteos utilizados para descalificar a un personaje como Cumbio.
Este argumento podrá usarse, claro está, para defender a nuestra flogger estrella. Pero también para encerrar entre grandes signos de interrogación al resto de las celebridades que -desde Jacobo Winograd y Marcelo Tinelli hasta Claudio Zin y Mariano Grondona- superpueblan la pantalla con su espontaneidad, sus prejuicios y su sentido común a flor de piel. ¿Qué mérito tienen? En general, escaso. Algunas habilidades, simpatía, encanto... El problema está precisamente en pensar que deben tener algún mérito anterior a su aparición en el medio.
Otras sensasiones distitintas de la admiración de la belleza y la inteligencia operan: complicidad, compañía y, principalmente, identificación. El fenómeno flogger hace evidente un mecanismo sin el cual Miguel Ángel Rodríguez y Mario Pergolini no podrían subsistir, un mecanismo fundado no en la admiración del superior, sino en el reconocimiento del igual. La cadena de la mediocridad.
La frase "cualquier boludo tiene un blog" es el grito deseperado de quienes han perdido el privilegio de la publicación. Quien publica un libro debe tener recursos para hacerlo. Recursos económicos, amistades, roces, que hagan posible la impresión y distribución de sus ideas. No sería justo afimar que "cualquier boludo publica un libro". Yo diría "sólo algunos boludos pueden hacerlo". Porque su condición de boludos o no boludos no alterará el proceso. Si dispone de los medios, publicará. En el peor de los casos, nuestro boludo imaginario escribirá un libro espantoso y venderá pocos ejemplares, perderá dinero, etc. Su único "mérito" habrá sido la publicación, privilegio devaluado con la explosión de las publicaciones electrónicas.
Si después de este juicio, volvemos la mirada a los bloggers, sólo podremos decir que son más numerosos. La vanidad, el narcisismo y la estupidez cundan, pero no más que en el resto de los espacios, donde los boludos siempre serán mayoría.
Anexo
- Video donde José Pablo Feinmann, visiblemente irritado, habla de los blogs. Pese a que Carmen Barbieri publica libros, JP no está en contra de ellos. Sus opiniones sobre la Feria del Libro me parecen justas y semejantes a las ideas de este post.
- Nota de Christian Ferrer sobre blogs. Estamos de acuerdo con la mayoría de sus planteos, sólo que si cambiamos "blogs" por "libros", los adjetivos serían más o menos los mismos.
- Nota de Diego Mancusi (Rolling Stone) muy parecida a esta, que leí minutos antes de postear. Promete desarrollar una teoría, pero no puede salirse de la lógica mérito-no mérito y la expresión subyacente: ¡Qué barbaridad! La presencia de Karina Jelinek en la televisión es más comprensible que la presencia de Feinmann. La frivolidad no es el desvío sino la norma. Mientras ignoremos esto, no podremos entender ni explicar ningún fenómeno mediático.
Seguimos discutiendo en la cátedra de Tecnologías Educativas (UBA) de Diego Levis.
Esto opina German A. Serain.
Algunos acuerdos: "ni el libro ni el blog, por el mismo hecho de ser cada vez más accesibles, garantizan la capacidad intelectual de sus creadores". No existen ni nunca existieron garantes en este rubro. Mucho menos en el arte. Supone la aparición de lo nuevo, lo contingente. El "pensamiento garantizado" (o la Sabiduría Garantizada) no sería pensamiento.
Algunas objeciones: el medio condiciona, sí. Pero nunca determina.
La brevedad no tiene una relación necesaria con lo superificial o lo banal. Recordemos los Salmos, o las Rimas de Bécquer. Además (y esto sí es obvio) extensión no implica profundidad.
No buscamos en una entrada de blog o en un tweet lo mismo que en los libros. Cada nuevo espacio requiere un lenguaje específico, nuevas convenciones, nuevos estilos. No hablamos en el chat como hablamos en la escuela. No nos dirigimos a nuestro abuelo como a nuestro hermano. Debemos dejar de ver "desviaciones" o "deformaciones" del lenguaje. No es el mismo lenguaje. Es otro. Hay que conocerlo. Hay que reconocerlo.
jueves 12 de marzo de 2009
Lo que se cifra en el Nombre
¿qué les responderé? Dijo Dios a Moisés:
"Yo soy el que soy. Así hablarás a los hijos
de Israel" (Éxodo 3, 14)
En nuestra vida cotidiana, poca atención prestamos a las palabras, a las que tomamos como mediadores neutrales entre sujetos y objetos. (Lacan destruye todas estas categorías, tema para otra discusión). La pregunta es: ¿qué une a las palabras con las cosas, quién les pone nombre y por qué? No es una pregunta trivial. Es el tema del primer capítulo del Génesis, acaso la mayor fuente de la cultura occidental
Platón, Borges, Lacan, Eco, estarían más o menos de acuerdo en esto: el objeto no es más que -o no se define como tal sino por- su nombre. En El Golem, Borges dice que Platón dice que "en las letras de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo".
Ahora bien, ¿qué los une? ¿Qué une a la palabra "Nilo" con el Nilo? Los pensadores descriptivistas (Bertrand Russell y otros) sostienen que la palabra es una descripción abreviada del objeto. Nilo: río de África, de 6700 kilometros de longitud, etc. Si el río del que hablamos no atraviesa ese continente, o no tiene esa longitud, no es el Nilo. La propuesta de Saul Kripke y los antidescriptivistas dice que el nombre se vincula con el objeto por un "bautismo primigenio", un momento determinado en el que se denomina la cosa y que se mantiene en el tiempo aunque todas las características del objeto se modifiquen. Si descubriéramos que el Nilo en realidad tiene 9000 kilómetros, por ejemplo, o si parte del territorio de Egipto pasara a formar parte del continente asiático, diríamos "Ahora el Nilo es un río de Asia" o "tiene tal longitud" pero no que no es el Nilo. El ejemplo que utiliza Kripke es mucho más claro. Llamamos "oro" al metal precioso, brillante, amarillo, duro. Pero si descubriéramos mediante experimentos que su verdadero color es otro, no diríamos "esto no es oro" sino "el oro no tiene las características que le atribuimos en el pasado, sino otras".
Yo tengo un ejemplo mejor. El señor Kripke sabrá disculpar mi inmodestia. En el siglo V antes de Cristo, Demócrito afirmó que la materia estaba compuesta de unidades mínimas indivisibles. La palabra griega "átomo" (άτομος) significa precisamente "indivisible". Tenemos entonces encerrada en la palabra una descripción de lo que un átomo es: la unidad mínima indivisible de la materia. Esta teoría no tuvo fundamento científico hasta el siglo XIX de nuestra era, a partir de los estudios de Dalton, Thomson y otros. La teoría atómica moderna indentificó al átomo de Demócrito con esta esfera compuesta por un protones, electrones y neutrones. Un siglo después, la comunidad científica anunció lo imposible: el átomo puede dividirse. Habiendo llamado "átomo" a la bola grande con bolitas pequeñas que giran en torno a ella e ignorando el significado inicial de la palabra, se dijo "el átomo no es lo que hasta ahora creimos, ya que puede dividirse" y no "esto no es un átomo; el átomo del que hablaba Demócrito, si existe, hay que buscarlo en otra parte."
Slavoj Žižek, amigo de la casa, retoma en su libro El sublime objeto de la ideología (1989) la discusión entre descriptivistas y antidescriptivistas, toma partido por estos últimos y se pregunta: ¿qué hace, entonces, a un objeto idéntico a sí mismo aún cuando sus propiedades han cambiado? ¿Qué une, si no son sus propiedades, al objeto con su nombre, al átomo con el átomo? El esloveno nos da la respuesta: "Es el nombre, el significante, el que es el soporte de la identidad del objeto", la nominación construye su referencia.
Volvamos a Borges: "el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo". Detrás del nombre, no hay nada. Al menos, nada que podamos percibir o conocer. No hay nada metafórico en la expresión "el Verbo Creador". Creación y nominación son una misma cosa. Quien da nombre, da existencia, da vida.
Un excelente monólogo de Gila, incluía una afirmación de este tipo a partir del significante "Sherlock Holmes". El detective mira la escena del crimen y afirma: "Ha sido Jack, el destripador" y le preguntan: "¿Y usted cómo lo sabe?". La réplica es contundente: "Porque yo soy Sherlock Holmes ¡y a callar todo el mundo!". No se habla de su inteligencia, de su talento, de su experiencia. Sería insuficiente y acaso falso. Su nombre encierra todo lo que es y será.
El ejemplo más claro lo encontramos en una canción vulgar, una de las más vulgares de los últimos tiempos. Estamos hablando de Soy Superman, de Zambayonny. El estribillo, de simpleza extrema, casi una perogrullada, revela la retroactividad de la nominación de la que hablaba Žižek. Superman no es quien es por su fuerza, por su belleza, por su valor. Él es todo eso y más que eso. Él es, ante todo, su Nombre. "Superman" es el soporte de su identidad y tras su pronunciación, nada más puede decirse.
Evocando la presentación de Dios ante Moisés, en el libro del Éxodo ("Yo soy el que soy"), el poeta Zambayonny nos presenta al superhéroe de DC con una potencia verbal inusitada cuando repite incesantemente: "Yo soy Superman y me chupan la pija."
Fuentes:
Borges, J. L.: "El Golem" en Nueva Antología Personal. Buenos Aires: Emecé, 1968.
VV. AA, La Biblia. Barcelona: Herder, 1975.
Žižek, Slavoj: El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires: Siglo XXI, 2003. PP 134-5
miércoles 4 de marzo de 2009
Caja rápida (hasta diez ejemplares)
por Leandro Gonzalez de Leon
Los libros que pueden hallarse en las góndolas de Carrefour pertenecen, en su mayoría, a la llamada literatura de supermercado. Historiadores, novelistas, biógrafos, periodistas y ufólogos ocupan estos espacios. Es sabido que los productos masivos –sean libros, películas, música- buscan el impacto a corto plazo, la reacción inmediata de los lectores atentos a la última novedad. Seis meses después, nadie los recuerda, confirmando que, como decía George Steiner, ninguna obra de arte estúpida perdura. ¿Quién alquilaría hoy el DVD de Titanic? ¿Quién descargaría en Torrent un programa viejo de Tinelli?
El aumento del precio de los alimentos que, nos dicen, es un fenómeno mundial -los lectores extranjeros pueden ayudarnos a confirmar o refutar esto-, y la brutal tarifa del transporte público volvió ridículo el precio de la mayoría de los libros. Buenas ediciones de Freud, Melville, Russell y Flaubert se amontonan en mi biblioteca con lo que pude ahorrar no comprando el diario, evitando algunos colectivos, eludiendo la seguridad del Ferrocarril Sarmiento. La veloz devaluación de los best séller los lleva a una góndola de Carrefour, donde un libro que nueve meses antes costaba cincuenta pesos se ofrece por diez. Como la novedad es el único valor de estos libros, la devaluación es real y el precio –a diferencia del de los alimentos y el transporte- es razonable.
Allí encontré Manual Chiche (Ediciones B, 2006), de Samuel “Chiche” Gelblung. Me costó la mitad del valor de una lámpara de bajo consumo, que de todos modos necesitaba para leer el libro en mi escritorio. Durante la espera en la caja rápida -que justificaría muchos posts, una tonelada de papers académicos, unas novelas a lo Kafka y un manifiesto revolucionario- leí las primeras cuarenta páginas.
Pese al horrendo título y a la dudosa promesa del subtítulo (“explicarlo todo”) el libro tiene alguna utilidad. Partiendo de la premisa de que Gelblung no es un intelectual ni quiere serlo, su lectura puede ser esclarecedora si se la contrasta con cualquier texto de ciencias sociales y filosofía de publicación reciente. El libro está escrito en lenguaje coloquial y se compone de especulaciones sobre las diferencias entre los hombres y las mujeres, sobre el ser nacional, la corrupción, el futuro del país. Además da recetas para conseguir trabajo, levantarse minas/tipos, desarrollar una empresa. No es un libro de autoayuda, a los que ataca permanentemente (menciona a Coelho, Deepak Chopra, Louise Hay, Jorge Bucay), sino una serie de consejos elaborados a partir de sus propios aciertos en los negocios, las mujeres y la vida cotidiana.
La lectura contrastada no podrá hacerse aquí. Cualquier autor que mencione para llevar a cabo el ejercicio se ofendería y me traería problemas con personas que aprecio. Pero es llamativo como las investigaciones de ciencias sociales y los textos de politólogos y economistas llegan a conclusiones similares a las de Gelblung que -si bien culto e inteligente- se presenta como la contracara de la “intelectualidad progre argentina”. Mal que nos pese, los textos de ciencias sociales aún se componen de juicios anteriores a cualquier investigación, sostenidos por el talento personal del autor.
Probablemente exagere. Acaso haya algunas excepciones. Pierre Bourdieu estaba convencido de lo contrario y sus argumentos siempre serán mejor que los míos. Pero debemos reconocer que cualquier paisano que piense puede llegar a ciertas conclusiones que en la Academia aparecen entrecomilladas, con una nota al pie de página.
Comparto un fragmento del libro, donde se ocupa de la boludez, concepto análogo a la indiferencia descripta en el famoso texto de Antonio Gramsci, esa que actúa pasivamente, pero actúa.
Bourdieu, P: "La sociología ¿es una ciencia?", La recherche Nº 331, mayo de 2000.
Gelblung, S: Manual Chiche. Buenos Aires: Ediciones B, 2006, pp. 26-27
Gramsci, A: "Odio a los indiferentes" (1917) en revista Zoom, Buenos Aires, 30 de abril de 2007.
Steiner, G: Presencias reales. Barcelona: Destino, 1992, p. 23.
Anexo: los libros que recomienda Gelblung
La borrachera democrática, de Alan Mink
Seis sombreros para pensar, de Edward de Bon
El Informe Kinsey, de Alfred C. Kinsey.
"Karl Popper, algo de Hegel o de Marx. Quien se "saltea" a estos autores jamás llega a entender como funciona la existencia" (p. 83)
"Las que leen best sellers de autoayuda (tipo Jorge Bucay, Louise Hay y Paulo Coelho) suelen tener un lomazo espectacular, pero cargan con un nivel de conflicto no resuelto que linda con el espanto. No tan atractivas físicamente pero con buena charla y posibilidades de concentración e innovación en la cama son las que tienen en sus bibliotecas algún libro de historia o filosofía (búsquense autores como Jean Baudrillard, Gilles Lipovetsky o Carl Jung)" (p. 109)

