"Toda sociedad es un sistema de interpretación del mundo (...) Su propia identidad no es otra cosa que ese "sistema de interpretación", ese mundo que ella crea. Y esa es la razón por la cual la sociedad percibe como un peligro mortal todo ataque contra ese sistema de interpretación; lo persigue como un ataque contra su identidad, contra sí misma"

Cornelius Castoriadis
Los dominios del hombre. Barcelona: Gedida, 1988


miércoles 25 de febrero de 2009

Los Negros

por Leandro Gonzalez de Leon


Vivo en un barrio de Castelar, con jardines llenos de sol, con calles cuidadas bordeadas de árboles frondosos; un paraíso. En este paraíso también habitan Los Negros.

Los Negros son una prolífica familia que vive en casas tomadas y cuya fama trasciende largamente los límites del barrio. Son rateros, descuidistas, desvalijadores de casas deshabitadas y, de vez en cuando, aceptan encargos de intimidación. Delincuentes de poca monta, son archiconocidos, pues los rasgos africanos los delatan fácilmente. Tal vez sea exagerado atribuir cada desaparición de bicicletas, motos, inodoros y latas de pintura a esta gente, pero ya se conocemos eso de "cría fama y échate a dormir".
De tanto en tanto, las sirenas policiales resuenan cuando rodean una de estas casas para allanarla, secuestrando diferentes objetos, muebles, electrodomésticos, y otros artefactos que ya mencionamos. Todos los miran con desconfianza. Los saludan por ser personajes habituales de Castelar Sur y conocidos de toda la vida, pero nadie confiaría su casa al cuidado de uno de estos sujetos. Debo decir que yo nunca he presenciado un robo, una pelea o algún desplante de Los Negros, aunque la imaginería popular los sitúa en el centro de cualquier desaguisado del Oeste.
Yo pensaba que eran objeto de discriminación y este fue el tema de una monografía bien recibida en mi clase de Lengua, justo el día en que cumplí trece años. Esa misma semana regresaba desde la casa de un compañero, apurado porque ya había oscurecido, cuando escuché un chirrido de frenos, unos gritos y varios estampidos. Quedé paralizado. Al instante se prendieron luces en todo el barrio. Vi que los vecinos se asomaban y corrían en dirección a la esquina, guíados por los pedidos de auxilio. Cuando reuní fuerzas para caminar, vi a uno de Los Negros tirado en el suelo en un charco de sangre, pidiendo una ambulancia a los gritos. Corrí los escasos doscientos metros que me separaban de mi casa y entré como una flecha al baño, donde vomité lo que había comido. Era la primera vez que veía un herido, tanta sangre y tanto revuelo. Me fui a dormir sin cenar y al otro día falté a la escuela.
Durante la semana fui reconstruyendo los hechos de manera fragmentada. Una sola bala había acertado al hombre, malhiriéndolo. El proyectil entró por el muslo derecho, atravesó la pierna, desgarró el escroto, hizo estallar un testículo y parte del glande, yéndose a clavar en un árbol que aún conserva la marca de la bala. Recuerdo que una vecina se preguntaba cómo podían indentificar al culpable de noche desde un auto en movimiento. La respuesta del carnicero fue contundente: "Querían hacer un escarmiento con cualquiera de estos negros. Ahora van a pensarlo bien antes de andar robando por ahí".
Todavía hoy, después de transcurridos varios años, pienso en este episodio y un sentimiento de vergüenza me asalta, pues una pequeña pero malsana satisfacción me embargó antes las palabras de este hombre.


Foto: Nube negra (Castelar, 2009)

viernes 13 de febrero de 2009

Una discusión improbable

por Leandro Gonzalez de Leon

“Una vivencia originada por una situación casual y momentánea no tiene ninguna oportunidad para obtener una fuerza y una eficacia posteriores. (…) a este estrato pertenecen todas las vivencias difusas, poco desarrolladas, que pasan esporádicamente por nuestra psique, así como los pensamientos y las palabras fortuitas y ociosas.Todos ellos representan los abortos, incapacitados para vivir, de las orientaciones sociales, las novelas sin héroe y exposiciones sin auditorio.”


Voloshinov, 1927


Aristóteles y Cicerón diseñaron modelos ideales de discusión, tácticas, estrategias, enormes compendios de figuras y recursos lingüísticos. La técnica de la discusión es análoga a la del ajedrez: el jugador debe mover sus piezas como si delante de él tuviera a Anatoli Karpov, debe valerse de las herramientas más sofisticadas. Los jugadores de ajedrez de mi condición, los pésimos, no poseen una verdadera estrategia. Se valen apenas del conocimiento del reglamento y la estupidez del rival. Sólo esperan el error ajeno para atacar. Parece trivial describir tales canalladas, pero lo cierto es que la mayoría de los jugadores de ajedrez del mundo hacen esto. La bibliografía oficial no lo registra, debido al afán de describir la excelencia. Pero los malos siempre seremos más que los buenos.

El sólo acto de hablar le basta a cualquier persona para imponer sus razones. Serán insolventes, serán necias, pero se elevarán sobre la enorme masa silenciosa que es, casualmente, la mayor parte de la población mundial. Las causas de este silencio son múltiples: prohibiciones, sometimiento, pereza, indiferencia. Así es como los habladores, digan lo que digan, dominan a los silenciosos, hablan por ellos y sólo son derrotados en los minúsculos espacios en los que se discute en serio. Insistimos con la analogía: pensemos cuántos de nosotros hemos jugado alguna vez al ajedrez y cuántos se han enfrentado a Karpov.

Casi ningún proyecto de discusión prospera. El individuo propenso a fomentar la discordia con argumentos provocadores se encontrará una y otra vez con respuestas inconsistentes o expresiones de desgano, cuando no con bostezos o referencias al clima.

Para algunos, toda idea que se expone es el comienzo de una argumentación, o bien quien la enuncia retoma una argumentación perpetua. Siguiendo este pensamiento, cabe afirmar que siempre estamos argumentando –a favor de nosotros mismos. Pero estas construcciones incipientes son insuficientes para desarrollar una verdadera discusión, para la que resulta imprescindible que existan al menos una idea claramente delimitada y dos posturas con respecto a esa idea. He aquí la razón por la que la discusión es infrecuente: pocas veces hay una idea, la mayoría de las veces no hay ninguna.

Siguiendo a Lakoff y Johnson, que señalaron que la naturaleza violenta de toda discusión proviene de una metáfora bélica (“Una discusión es una guerra”), uno podría pensar que el fin de las discusiones (o de las guerras) ha de ser el consenso. No; el fin de las discusiones está en el agotamiento de los argumentos antagónicos. La paz del mundo hay que buscarla en la muerte de la imaginación.

Es verdaderamente conmovedor ver a la gente que día a día se empeña en no pensar, con el único fin de no fomentar la controversia.


Fuentes

LAKOFF, G. y JOHNSON, M. (1998): Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra.

VOLOSHINOV, V. (1992): El marxismo y la filosofía del lenguaje. Madrid: Alianza, p. 129.

lunes 9 de febrero de 2009

Arte callejero según Shepard Fairey

por Lucía Fasciglione

Shepard Fairey, "Obey", tiene 38 años y una cara de púber terrible. Lo único de su aspecto que ha sufrido el paso del tiempo son los dientes, amarillos y gastados y algo del pelo, cuyas faltantes le hacen la frente un poco más amplia. El resto, aparenta estar intacto, adolescente. Fairey es diseñador gráfico y lleva una de esas vidas en las que cada acto pareciera confluir en un mismo cántaro. Estudió arte en la Rhode Island School of Design, y por aquella época era fanático del skate y el punk rock. Imprimió sus diseños en remeras y skates y no pasó mucho para que saliera a tapizar las calles con sus famosos pósters. André the giant has a posse (André el gigante tiene una patota), uno de los primeros, era la imagen de un luchador francés con esa leyenda y no sólo causó impresión en los transeúntes sino también en la policía que detuvo a Fairey por vandalismo. Los siguientes: OBEY (“Obedece”) en letras grandes y de nuevo la figura intimidante de André. Join the posse, Obey the giant, entre tantos otros, hicieron furor. Por alguna razón a los humanos nos seducen las órdenes.

Algo de Obey me hizo acordar a los hermanos Vergara que graffiteaban: “En mi casa tengo un póster de cada uno de ustedes. El Che” o “Tiemblen fachos, Maradona es zurdo”. La serie Giant de Fairey que contiene los retratos más emblemáticos del Che, Lenin, Mao, Stalin, y el Subcomandante Marcos entre otros, es la que produjo la similitud. También la famosa ilustración de la tapa de Rebelión en la granja de Orwell. Pero es sólo eso, una similitud. Los Korol graffiteaban en los ’80. Y en Argentina. Con Bignone de presidente. Después terminaron en El show de Videomatch. Fairey diseñaba y salía a pegar sus pósters en los ’90. Y en Estados Unidos. Y ahora es un artista millonario. Aunque muy criticado por hacer de su rebelión un negocio. Fin de la coincidencia.

Para Obey el sentido de su obra se encuentra estrechamente relacionado con la fenomenología, el arte sorprende al transeúnte y se produce una experiencia directa entre sujeto y objeto, generando un supuesto efecto movilizador. Podríamos pensar también que tiene alguna relación con la figura del artista revolucionario de los ‘60/’70 que analizan Ana Longoni y Mariano Metsman en Del Di Tella a Tucumán Arde (El cielo por asalto, 2000) y Claudia Gilman (enfocado desde la literatura, pero con la misma lógica) en Entre la pluma y el fusil (Siglo XXI, 2003) aunque, en el caso de Obey, con mucha pluma y una clara ausencia del fusil. Si bien establecer tales comparaciones (Obey, fenomenología y arte revolucionario) resultaría muy interesante, por el momento prefiero quedarme con las imágenes que son sencillamente fantásticas. Las de Barack Obama y sus orejotas mirando lontananza con las inscripciones “Hope” y “Progress” son consideradas un nuevo ícono pop. Pero mis preferidas son las de Bush, en particular “Or was it hug babies and drop bombs?...hug bombs and drop babies?” (“¿Era abrazar bebes y tirar bombas? ¿O abrazar bombas y tirar bebes?”).


Enlace

http://obeygiant.com/

domingo 8 de febrero de 2009

Staff

Lucía Fasciglione
lufasci@hotmail.com

23 años / Buenos Aires, Argentina
Estudiante de Ciencias de la Comunicación (UBA)

Intereses: Nuevo periodismo/literatura/cine/artes plásticas


Leandro Gonzalez de Leon
yoleandrogonzalez@hotmail.com

23 años / Buenos Aires, Argentina
Estudiante de Ciencias de la Comunicación (UBA)

Intereses: ciencias sociales/cine/literatura/teatro/radio