Vivo en un barrio de Castelar, con jardines llenos de sol, con calles cuidadas bordeadas de árboles frondosos; un paraíso. En este paraíso también habitan Los Negros.
Los Negros son una prolífica familia que vive en casas tomadas y cuya fama trasciende largamente los límites del barrio. Son rateros, descuidistas, desvalijadores de casas deshabitadas y, de vez en cuando, aceptan encargos de intimidación. Delincuentes de poca monta, son archiconocidos, pues los rasgos africanos los delatan fácilmente. Tal vez sea exagerado atribuir cada desaparición de bicicletas, motos, inodoros y latas de pintura a esta gente, pero ya se conocemos eso de "cría fama y échate a dormir".De tanto en tanto, las sirenas policiales resuenan cuando rodean una de estas casas para allanarla, secuestrando diferentes objetos, muebles, electrodomésticos, y otros artefactos que ya mencionamos. Todos los miran con desconfianza. Los saludan por ser personajes habituales de Castelar Sur y conocidos de toda la vida, pero nadie confiaría su casa al cuidado de uno de estos sujetos. Debo decir que yo nunca he presenciado un robo, una pelea o algún desplante de Los Negros, aunque la imaginería popular los sitúa en el centro de cualquier desaguisado del Oeste.
Yo pensaba que eran objeto de discriminación y este fue el tema de una monografía bien recibida en mi clase de Lengua, justo el día en que cumplí trece años. Esa misma semana regresaba desde la casa de un compañero, apurado porque ya había oscurecido, cuando escuché un chirrido de frenos, unos gritos y varios estampidos. Quedé paralizado. Al instante se prendieron luces en todo el barrio. Vi que los vecinos se asomaban y corrían en dirección a la esquina, guíados por los pedidos de auxilio. Cuando reuní fuerzas para caminar, vi a uno de Los Negros tirado en el suelo en un charco de sangre, pidiendo una ambulancia a los gritos. Corrí los escasos doscientos metros que me separaban de mi casa y entré como una flecha al baño, donde vomité lo que había comido. Era la primera vez que veía un herido, tanta sangre y tanto revuelo. Me fui a dormir sin cenar y al otro día falté a la escuela.
Durante la semana fui reconstruyendo los hechos de manera fragmentada. Una sola bala había acertado al hombre, malhiriéndolo. El proyectil entró por el muslo derecho, atravesó la pierna, desgarró el escroto, hizo estallar un testículo y parte del glande, yéndose a clavar en un árbol que aún conserva la marca de la bala. Recuerdo que una vecina se preguntaba cómo podían indentificar al culpable de noche desde un auto en movimiento. La respuesta del carnicero fue contundente: "Querían hacer un escarmiento con cualquiera de estos negros. Ahora van a pensarlo bien antes de andar robando por ahí".
Todavía hoy, después de transcurridos varios años, pienso en este episodio y un sentimiento de vergüenza me asalta, pues una pequeña pero malsana satisfacción me embargó antes las palabras de este hombre.




